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Hoy: 23 Nov 2017
Inicio Pastoral Kerigma Es tiempo de Adviento...

Es tiempo de Adviento...

 

altEl tiempo de Adviento son las cuatro semanas que preceden y preparan la celebración de la Navidad. Se trata de un tiempo realmente privilegiado para revisar nuestra vida cristiana y preparar también una venida constante, de cada día. Porque, ahora, hoy, en cada momento, Jesús viene y sigue haciéndose presente en la historia real de cada persona. San Carlos Borromeo, en sus cartas pastorales, lo define así:

 “Ha llegado aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; (…) La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente (…) desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo”.

 

Con el Adviento comenzamos un nuevo ciclo litúrgico, un nuevo año cristiano, un inicio que supone volver a ponerse en camino con la mirada puesta en la Esperanza de Cristo Resucitado. En un momento concreto de la historia humana, Dios decidió hacerse presente haciéndose uno de nosotros en Jesús de Nazaret; en este acontecimiento (Encarnación) Dios vuelve a tender su mano hacia su criatura para convertir su historia, nuestra historia, en Historia de Salvación.

El adviento es Pasado: porque nos recuerda el momento histórico concreto de la Encarnación, el lugar y contexto elegido por Dios para hacerse uno de nosotros.

El adviento es Presente: porque su venida es constante, cada día y en cada momento se hace presente a través de los Sacramentos, no olvidando nunca que cada persona es sacramento porque es presencia de Cristo.

El adviento es Futuro: porque nos recuerda que Cristo no se desentiende, que su promesa es su segunda venida (parusía) y, los cristianos, lejos de adsurdas profecías apocalípticas, lo que esperamos es su vuelta en gloria.

Por eso, el adviento es preparación:

Despertar: revisar nuestra vida cotidiana buscando cómo mejorar en todos y cada uno de los ámbitos.

Ponerse en camino: hacer de nuestra propia vida un pesebre nuevo para que Salvador pueda nacer en nosotros y poder ser presencia suya en el mundo que nos rodea.

Buscar: estar atentos a aquellos que necesitan de nuestra ayuda, de nuestra mano tendida. Dios nos tiende su mano en la Encarnación para que nosotros la tendamos día a día en esos “cristos” que nos necesitan.

Acoger: abrir los brazos a Cristo es abrirlos al hermano necesitado. No podemos pensar como cristianos y vivir y actuar como robots. Acoger al hermano, es acoger a Cristo.

Para esto, el adviento nos propone tres modelos a seguir:

Isaías: él es el encargado de anunciar cómo será el Mesías que vendrá. Como profeta, sacude la conciencia del pueblo denunciando la injusticia y anunciando cómo hacer posible un mundo más justo y humano. El cristiano está llamado a ser profeta en todas y cada una de las situaciones de su vida.

Juan el Bautista: él es modelo de austeridad y constante espera. El cristiano está llamado a vivir con humildad y confianza en la espera del Mesías.

María: Ella es la figura clave del Adviento y la que hace posible, desde su absoluta libertad, la Encarnación de Dios. Ella le prestó su vida y su sangre. María es Jesús comenzado. Ella hizo posible la prima navidad y es modelo y cauce para todas las venidas de Dios a los hombres. María, por su fidelidad, es tipo y madre de la Iglesia. Su grandeza consiste en concebir a Jesús antes en su corazón que en su seno. Así debe ser la vida del cristiano, una constante concepción de Cristo en su corazón.