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Hoy: 23 Nov 2017
Inicio Pastoral Kerigma IV Domingo de Adviento

IV Domingo de Adviento

 

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“En aquellos días, María se puso de camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel escuchó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo voz en grito:

¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

 

                La aptitud que María nos muestra es el modelo de la vida cristiana, y no sólo de la vida cristiana, sino de cualquier persona que desee vivir de verdad cada segundo de su existencia. 

 

Ante la llamada de Isabel, María puede reaccionar de dos formas distintas: hacer oídos sordos y seguir en su comodidad (bien merecida), o “complicarse la vida” y ponerse en camino al encuentro de aquella que, siendo menos que ella, la necesita. El viaje desde Nazaret hasta Aín Karím no tuvo que ser nada fácil, más bien un viaje lleno de complicaciones: embarazada, bajo el dominio romano (con la consabida posibilidad de ser asaltados por los legionarios), por aquellos caminos polvorientos y teniendo como único techo el cielo frio y caluroso. Pero a pesar de ello no duda en acudir a la llamada de quien requiere su auxilio. No piensa en las dificultades sino en lo que puede ofrecer. Tender la mano al necesitado no es un capricho, es un complicación; lo fácil es hacer oídos sordos a la llamada. Pero ocurre que quien se llama a sí mismo cristiano y desea seguir a Cristo no puede no escuchar. Nuestro viaje es desde nuestra comodidad hacia la incomodidad de los demás. Cristo se entrega para ser ejemplo y fuerza necesaria en esa entrega. María no espera ningún agradecimiento, su mayor premio es el cumplimiento de su obligación. ¿Qué hace posible esta aptitud de María? Benedicto XVI lo explica con claridad en Porta Fidei, es la fe la que mueve el corazón de María, una fe vivida desde la auténtica confianza y cuya recompensa se testimonia en la cruz:

“Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4)”.

                El saludo de Isabel a María, es el saludo de la humanidad a Cristo que viene, es el canto de alabanza que entonamos ante la cercanía del Salvador. Como hemos podido comprobar, el mundo no se ha acabado “mayamente”, esta Historia de Salvación sigue su andadura al encuentro con Cristo redentor, con Cristo vivo en cada persona, en cada acontecimiento y en cada mano tendida. El Cristo de María no es el cristo de los periódicos, ni el Jesús “guay”. Es el Cristo Redentor, el Salvador que se convierte en “guay” por su mensaje de liberación apolítica, Él no entiende de partidos ni de falsas promesas, su partido es el de todos iguales y su promesa es su vida entregada en la cruz y hecha realidad. María es grande por concebirle antes en su corazón que en su vientre, cada uno de nosotros somos grandes en Cristo cuando nos ponemos en camino, cuando escuchamos su llamada y confiamos en su cumplimiento.

                Llega el momento de la Encarnación, ya está cerca. Abramos el oído del corazón y escuchemos a qué nos llama el auténtico Redentor. Nuestro Aím Karím está más cerca de lo que pensamos, sólo es cuestión de ponerse en camino…