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Hoy: 23 Nov 2017
Inicio Pastoral Kerigma EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38

                                         "En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con altun hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: -- Alégrate, llena de gracias, el Señor está contigo. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: -- No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: -- ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: -- El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: -- Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel".

                En este año, el segundo domingo del tiempo del Adviento, coincide con el día de la Inmaculada Concepción. Una fiesta que nos recuerda, precisamente, uno de los pilares fundamentales del tiempo del Adviento: la confianza.

               En su infinita bondad, Dios no quiso desentenderse de nosotros y, llegado el tiempo, es decir, en el momento en que el Creador consideró que su creatura estaba preparada, decidió enviar a su Hijo; decidió hacerse él mismo carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre para caminar junto a nosotros. Su Amor eterno se materializa en la figura de “uno de los nuestros”; el que vive por siempre decide romper su propia eternidad para hacerse caduco y entrar a formar parte del espacio y el tiempo que él mismo creó para nosotros.

                Su decisión no es algo sin relevancia, sino que cambiará la historia de la humanidad, porque le dará, a partir de este momento, un sentido nuevo y especial. La historia dejará de serlo para convertirse en Historia de Salvación, en presencia viva y real de Aquel que es en sí mimo y sin necesidad de más.

                Su presencia no se materializa con grandes portentos, como sería de esperar desde la concepción religiosa de otras confesiones. No busca grandezas ni reconocimientos, sino la sencillez y la humildad de una vida “oculta” hasta que “llegue el momento oportuno”. Es por eso que no escoge a la ligera, sino que mira con detenimiento; busca entre las creaturas para dar con aquella que Él mismo preparó desde el origen para ser Arca de la nueva Alianza.

                El objetivo que contemplamos este año es la Sensibilidad, pues bien podemos decir que no hay expresión máxima del verdadero sentido de la sensibilidad que María en Dios y Dios en María. Ella sabe mirar hacia lo profundo, rebuscar en lo más oculto para sacar a flote el verdadero tesoro que Dios puso en ella: su ser madre y su confianza plena en quien le llama.

                Sin duda, María se turba ante las palabras del ángel; no puede ser de otra manera, porque quien es realmente humilde y sencillo se siente pequeño ante la llamada de Dios. Pero su turbación no puede con su decisión y se deja inundar por el Amor que le susurra al oído: has sido escogida.

                El temor de María se transforma en “fiat”, en hágase. No es el mero sí lo que dice María, ella no acepta la petición de Dios, sino que va más allá: se entrega plenamente no sólo a lo que el ángel le pide, sino a cualquier voluntad de Dios.

                Cuantas veces en nuestra vida nos dejamos turbar por los susurros de Dios… nos cuesta poder entrever en los problemas de cada día su mano de Padre y su corazón de Madre. Nuestra desconfianza es humana, pero nuestra voluntad busca ser divina. No conformarnos con los miedos y las incertidumbres. Hemos de saber en Quién hemos puesto nuestra confianza, no sólo para cuando las cosas nos van bien, sino de una manera especial cuando los planes de Dios no son los nuestros. En María descubrimos, precisamente, que los planes de Dios no eran los suyos, pero tras la turbación viene la confianza y el abandono en las manos del que sabe es Padre y Madre a la vez.

                Intentemos vivir el Adviento como mirada confiada, como entrega a la voluntad del que sabe más y mejor. Dejemos guiar por el sendero de luz que abre María en nuestro favor. Todos buscamos y gustamos con las confianzas que la sociedad nos ofrece, con las comodidades que mundo pone delante de nosotros. Y no es malo buscarlo en tanto se persigue con ello potenciar y acrecentar la dignidad del ser humano. Pero cuidado: cuando esa búsqueda se convierte en egoísta y egocéntrica, nos alejamos de su verdadero significado y finalidad.

                María es testigo de confianza, ella nos enseña a caminar con confianza más allá de las dificultades de cada momento. Pero ella nos enseña también a no ser meros conformistas. Su aceptación de la voluntad divina no lo es en provecho propio, su mirada va más allá. Su compromiso con el Padre es puente de salvación para todo el género humano. Su seno virginal no será ocupado por “uno más”, o un revolucionario político; su seno será inicio de esperanza y mirada de Amor.

                Dios lo hace TODO en María. Ella es el vehículo necesario. Pero no olvides que María hoy somos tú y yo. Dios lo sigue haciendo TODO en cada uno de nosotros y por medio de cada uno de nosotros, en tanto somos capaces de decir: FIAT (hágase).